El impala
El impala es un extraordinario saltador, capaz de salvar hasta diez metros de un solo salto, y ello incluso sobre terreno húmedo y resbaladizo.
Contrariamente a los demás antilopinos, el impala no suele frecuentar las llanuras descubiertas, sino que siente especial predilección por las sabanas más o menos arboladas y hasta francamente boscosas. Las hembras de la especie viven en manadas con sus crías, totalmente separadas de los machos, excepto en la época del celo. 
El IMPALA o PALA es un antilopino bello y elegante. Se distingue principalmente por los cuernos, que sólo ostenta el macho y que tienen una altura de 50 cm; son delgados, curvados en forma de lira, y a veces provistos de gruesos anillos y lisos en la punta.
El impala es algo más grande que el gamo. Su cabeza, cuello y parte superior del cuerpo tienen un bello tono amarillo claro, delicadísimo, que se vuelve pardo rojizo hacia la parte posterior del tronco y blanco en el vientre. También son blancas las partes superiores de las patas. Una línea curva de color negro pardusco señala esta división, prolongándose hacia arriba y bajo los muslos. Junto a los ojos ostenta una mancha blanca, de forma oblonga, y otra de color negro entre los cuernos. Las patas son altas, finas y bien torneadas, con las que dan saltos asombrosos.
Estos antilopinos viven en Africa sudoriental y, contrariamente a sus especies afines, se establecen en las márgenes de los bosques próximos a los ríos, viéndoseles raras veces en las llanuras al descubierto. Suelen formar grupos de seis a ocho individuos, y en ocasiones hasta de doce a veinte. Cada rebaño cuenta con tres a cuatro machos. El macho mantiene siempre la cabeza muy erguida, y sus ojos se vuelven constantemente a todas partes, como si estuviera en perpetua vigilancia.
La época del celo se sitúa en abril y mayo da lugar a furiosos combates entre los machos para la posesión de las hembras. La gestación dura unos 170 días aproximadamente. La hembra por regla general da a luz una sola cría (raras veces dos), la cual nace en noviembre o diciembre.
El desarrollo de los sentidos en estos animales es comparable a la elegancia de sus formas y a la viveza de sus movimientos: nada escapa a su aguda mirada, y sus oídos perciben también el más leve ruido. Apenas el impala que guía el rebaño descubre a lo lejos un enemigo, golpea el suelo con una pata, y ante ese aviso todos sus compañeros alzan a un tiempo la cabeza y huyen precipitadamente.